“Juchiapaneco”, a carta cabal

Se cumplen hoy dos décadas del deceso de don Miguel C. Márquez, quien fuera boxeador con el apodo de El Juchi Márquez y pionero del comentario deportivo en XEON. Hasta su muerte, acaecida el 20 de marzo de 1996, fue editor y director de la Revista Nacional Vimos. Tras el triste suceso, la revista Ocote le dedicó una amplia evocación.

El Juchi Márquez

Sorbía la vida y los sueños en el rincón de un Dennys

Joaquín Gutiérrez Niño

 

Cuando hablamos por última vez, “El Juchi” Márquez se alegró porque recién había evocado yo, en el número de febrero de la Revista Ocote, al pionero de la locución en Chiapas, nuestro mutuo amigo Ricardo Palacios.

“Es lo menos que puedo hacer: tratar de mantener vivo el recuerdo de la gente valiosa que he conocido y tratado; al menos mientras yo viva”, comenté.

Esa tarde creí advertir en su mirada cierto aire de gratitud… como si tuviera la certeza que lo mismo ocurriría con él. Incluso, contra su habitual discreción, me confió que a últimas fechas no se había sentido bien. “Creo que pronto te dejaré”, añadió.

Yo me sentí incómodo. Sobre todo porque la muerte no respeta edades y porque nadie podía garantizar que no sería yo el primero en partir. Sin embargo, lamentablemente no se equivocó.

Este lunes 20, cuando regresaba -ya demorado- de la imprenta, con el número de marzo impreso, encontré en casa la triste nueva: esa misma tarde dejó de existir “El Juchito”.

Conocí a don Miguel C. Márquez hace 22 años, cuando Tincho Duvalier prácticamente me adoptó y se encargó de relacionarme tanto con los principales comunicadores de la época como con los paisanos dedicados al oficio, principalmente aquellos que fueron amigos de mi hermano Raúl.

Salvo alguna vez en que los sismos del 85 nos obligaron a vernos en el Sanborns de la Casa Boquer y otra que coincidimos en su “Espondita”, el viejo pero amplio y céntrico hotel tuxtleco que fue su favorito, todos nuestros encuentros, desde el primero hasta el último, fueron en el restaurante que mis colaboradores y amigos identificarían como “el Dennys del Juchi Márquez”, en Juárez y Humboldt.

El sitio, según puedo colegir ahora, estuvo de moda durante varios años -entre los revisteros chiapanecos- por varias razones, sobre todo por su cercanía con las oficinas centrales de Conasupo y del Issste, donde connotados chiapanecos ocuparon las respectivas direcciones generales.

Con mil dificultades a últimas fechas, incluso a veces con una o dos ediciones por año, don Miguel venía publicando su Revista Nacional Vimos, desde hace cuatro décadas. Gracias a ella sacó adelante a sus hijos, hoy todos profesionales.

Cuando Tincho regresó al terruño seguí acudiendo, de vez en vez, a deleitarme con la sabrosa charla del señor Márquez, siempre salpicada de anécdotas e información fresquecita del estado y, sobre todo, aderezada con el acento y los giros de nuestra gente.

Y es que “El Juchi” lo era nomás de apodo, o por algún antecedente familiar, pero él era “chiapaneco por los cuatro costados y a carta cabal”, por emplear su más frecuente definición.

Más allá de ponerme al corriente en el devenir de nuestra tierra, y de la “grilla” de los chiapanecos radicados en el DF, el “Juchito” -a quien por cierto nunca llamé así- me daba santo y seña de hechos y personas del Tuxtla de su juventud. De igual modo, me ponía al tanto de los antecedntes de cualquier figura prominente del estado. Daba la impresión de saberlo todo.

Sentado en su mismo rincón de siempre, en una mesa para dos que antecedía al gabinete del fondo, de frente a la entrada del restaurante y al cruce de Juárez y Humboldt, aprovechaba perfectamente el reflejo para ver cuanto quisiera sin ser advertido desde fuera. Su estratégica posición le permitía incluso levantarse al baño o al teléfono cuando algún visitante inoportuno llegaba.

Entre frecuentes llamados a sus meseras favoritas para obligarlas a esmerar la atención a sus interlocutores, don Miguel ejercía con pleno dominio su oficio de narrador oral, una especie de sacerdocio heredado de los antepasados zoques y que le permitió brillar en los albores de la crónica deportiva, en la primera radiodifusora de Chiapas.

Era una delicia oírlo hablar de lo que fuera, pero sobre todo del mundo maya. Poseía una increíble erudicción forjada por cuenta propia. Es decir, de manera autodidacta. Y la prodigaba con envidiable autoridad, pero siempre en forma amena.

Más allá de los datos, aprendidos de cuanta bibliografía existe del tema, él tenía sus propias teorías e hipótesis. Gustaba de relacionarse con investigadores de nuestras culturas primigenias y no escatimaba espacio de su revista para promover esos trabajos.

Dos o tres veces, a petición exprofesa, me sugirió una bibliografía básica que, por la precaridad que parece empeñarse en acompañarme, nunca pude adquirir por mi cuenta. Sin embargo, amigos muy queridos han ido obsequiándome con ediciones de lujo de los principales volúmenes en que se aborda el tema.

Curiosamente, por alguna extraña razón, nunca comenté con el maestro Márquez este detalle. Tampoco le previne que en el más reciente número de la revista Ocote (el 5) llevaríamos un especial de Bonampak.

La inserción vendría a resultar una especie de homenaje involuntario a su memoria, puesto que salió de prensas justamente en el momento que él expiraba.

Aunque sin haber decidido su nombre, la revista (Ocote) siempre estuvo presente en nuestras charlas. Desde que lo supe editor de una y desde que le confié que tuve en mi pueblo un periódico que deseaba revivir, por lo que le pedí me presentara a su impresor.

Alguna vez me llevó con él. Recuerdo que estaba por el Mercado Martínez de la Torre, en la colonia Guerrero. Al paso de los años, cuando reiteré mi deseo de editarla, me indicó que el taller había cambiado de dueño. Creo que en el fondo no creyó que esta vez fuera en serio, ya que la dichosa revista estaba muy platicada.

Cuando en noviembre del año pasado (1995) le llevé los dos primeros números, pareció desconcertado e indiferente. Terminó por desconcertarme todavía más (a mí). Ahora creo que fue producto de la prisa de aquel encuentro o, como justificaron mis allegados, una reacción perfectamente humana y natural.

Ya entrado el nuevo año, pasé a darle un abrazo. Había tenido tiempo de verla y asimilarla. No reparó en elogios y alientos. Me dijo: “Estás joven y tienes mucho que dar; en cambio yo cualquier rato te dejo”.

Fue la vez que comentamos las menciones que hice del pionero de la locución en Chiapas, don Ricardo Palacios, tanto en la FM de Tonalá como en la revista Ocote. Tuvo entonces la certeza de que cuando él partiera… algo suyo quedaría en estas páginas. Y así es.

El Juchi Márquez fue un hombre de singularidades. Evitaba dar la mano a quien notaba agripado. Se cuidaba de no comer en la calle y era puntual para retirarse a su casa, luego de las cotidianas sesiones de café a mediodía. Decía que, vencido el vicio del trago, había optado por llevar una vida ordenada.

Lucía siempre limpio, bien acicalado, aunque por lo general su cabello lacio, peinado hacia atrás, remataba en una coleta que evocaba a los dandys o pachucos de otros tiempos. Vestía los trajes de sus mejores épocas; nunca faltó el pañuelo en la bolsa superior del saco y algunas veces llevaba mascada al cuello.

Durante los dos últimos años que laboré en Radio Centro, de 1985 a 1987, fue la temporada que lo vi con mayor frecuencia. Pasaba a tomar café con él y nos íbamos caminando juntos -del brazo, como imponía su elegante costumbre- hasta la puerta del metro Juárez.

Ahí nos deteníamos a platicar un par de minutos adicionales para que, de pronto, sin permitirme media palabra más, apenas con una palmada en el hombro, se diera media vuelta y se dirigiera a grandes pasos hacia el subterráneo.

Para evitar tan abrupta y singular despedida, en vano traté, en reiteradas ocasiones, de despedirme con anticipación o mostrar prisa. No importaba. El me retenía unos segundos para que de todos modos fuera él quien tomara la repentina iniciativa de marcharse.

Tal vez por eso esta vez, la definitiva, no me sorprendió del todo su manera de irse. Aunque presentido, su viaje no fue anunciado con enfermedad o reposo. Guardó en secreto sus malestares. Y, como otras tantas veces, alzando la mano sólo alcanzó a decir: “Ahí nos vemos”.

Pasaron dos meses y días desde que vi por última vez al Juchi Márquez hasta su muerte. Durante esa postrera plática hablamos precisamente de la muerte y de cierto ninguneo pueblerino del que fui víctima durante las vacaciones de fin de año.

De esa plática obtuve el impulso necesario para acometer, por fin, una tarea aplazada por varios años: la laboriosa misión de recortar y pegar tanto mis colaboraciones en prensa como las menciones que de mí se han hecho, entre las que sobresalen por cantidad y generosidad las vertidas en la revista Vimos.

Aunque inicialmente busqué esas menciones, la prioridad obligó dejarlas en un banco del desayunador, ya separadas, para organizar directamente mis propios trabajos, de los que espero formar pronto un volumen independiente.

Así, los recortes confinados a la egoteca personal quedaron pendientes por varias semanas. Viaje a Tonalá de por medio y la elaboración de dos números de la revista, esas notas seguían a la espera. Por fin, entre el 18 y el 20 de marzo terminé de arreglarlas.

La última nota que pegué fue una mención especial, de una página, de la revista del Juchi con motivo a que se me otorgó el Premio Nacional de Periodismo. Decía: “Quizá ningún otro periodista chiapaneco se ha ocupado tanto del terruño como Gutiérrez Niño”.

Me detuve a leerla completa. Refería mi trayectoria y evocaba algunos programas de Radio Red en los que el señor Márquez intervino: uno acerca de Tuxtla Gutiérrez y un homenaje a Ricardo Palacios, emitido el mismo día que éste falleció.

Archivé al fin esos recortes y nos dispusimos a comer. Era también el momento en que el Juchi Márquez expiraba.

Por donde la vea, la muerte del Juchi Márquez es para mí dolorosa. Cuando todos la recibieron como algo lógico y normal, incluso como lo más conveniente porque un periodista humilde no cuenta con bienes ni pensiones, yo la he sentido profundamente.

Los alrededores de Bucareli y Reforma, otrora entrañables, comienzan a serme ajenos. La soledad, respecto a don Miguel C. Márquez, es mucho más que una metáfora. Más que tener a quien ver en el primer cuadro citadino, incluso más allá de contar con alguien a quien confiar las crecientes dificultades para editar o hasta para sobrevivir, el querido e inolvidable Juchito encarnaba la certeza de encarar juntos los apremios y eventualidades.

Ahora que la crisis aprieta, solíamos compartir lo poco que tuviéramos, ya para tomar un café o bien para volver a casa con algunos centavos. Bastaba que alguno de los dos tuviera algunos billetes para que el otro no quedara en el desamparo.

Esa certeza se acabó con él. Ahora no tendré más la seguridad de contar con un amigo que aguarda en el rincón de un café para sorber la vida y los sueños, los temas recurrentes y la creciente incertidumbre.

Ya no habrá con quien echar pestes por tanta ineptitud en nuestra tierra, ni alguien ajeno a la familia que me cante las mañanitas cada 8 de septiembre, ni quien publique los nuevos logros si los tuviera, ni quien me asesore para abordar ciertos tópicos regionales.

El Juchi ya no podrá cumplir con la sorpresa de reivindicar, quién sabe de qué manera, la relativa labor social desarrollada por mí, tanto en el terruño como en los medios nacionales, pero tampoco yo le llevaré ya las fotos de mis gemelos para que las publique. Ni siquiera porque me las pidió por largos años.

Siempre escrupulosos con nuestros manejos económicos, por raquíticos que fueran, compruebo satisfecho que, al fin de cuentas, seguimos a mano… Lo único que quedamos a debernos no fue dinero.

Ocote, número 6. Abril, 1996. Pp 13 a 15.

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